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 Algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar: Michel Petrucciani

Algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar: Michel Petrucciani

Nació con todos los huesos rotos; pero en lugar de obsesionarse con superhéroes, el precoz artista aquejado de osteogénesis imperfecta y enanismo se abalanzó sobre el piano. Su vida, analizada minuciosamente en este certero estudio, se convierte en una celebración de la diferencia, personificada en su pequeño cuerpo. He aquí cómo una grave minusvalía forjó a un meteoro de genialidad, vitalidad y sed de vida. Un adolescente que deslumbraba ya a los 12 años, cuando dio su primer concierto y que grabó su primer disco a los 17, el primer jazzista europeo en firmar un contrato con el mítico sello Blue Note Records, fue la estrella que tocó para el Papa Juan Pablo II en un multitudinario concierto en la Plaza de San Pedro.

Quizás fuera dualidad de su turbulento carácter, su sobreexcitación vital, tal vez fruto de la conciencia de fragilidad, los excesos y abusos que aceleraron su deterioro o ya en el ámbito de lo íntimo, su enorme apetito sexual, intacto en un cuerpo vapuleado y cada vez más deforme, o su agitada vida sentimental, que lo llevó de una mujer a otra con la misma compulsión con la que se quebraba los huesos y los tendones en sus actuaciones. Su optimismo febril y contagioso, su verbo ágil y políglota, sus viajes de un bar a otro en brazos de los contados amigos a los que dejaba que lo llevaran en interminables noches de farra.

Vivió su vida con muchos momentos de caos y descontrol, de insaciable hambre vital, ese punto autodestructivo de todo genio que conoce la caducidad de su brillo, cuando descubre al asumir la paternidad, que su hijo también heredó su enfermedad degenerativa. Pero a pesar de ello, vimos a un Petrucciani siempre sonriente y locuaz, siempre rodeado de gente, con sus sombreros y gorros estrafalarios, jactándose de sus hazañas viriles, preparando recetas de cocina para sus amigos, deseando escaparse con la próxima novia a pasear con ella por una playa desierta.

Pero lo más resaltante es el artista de talento que fue, que exprimió la vida al límite contra toda adversidad, del niño enfermo que supera su hándicap a golpe de tesón y disciplina impuesta por un padre también músico, del wunderkind nacido en los márgenes de la gran autopista del éxito, en una pequeña localidad del Midi francés, admirador de Duke Ellington y Bill Evans, que pasaría a codearse pronto con algunas de las grandes leyendas del jazz contemporáneo, de Charles Lloyd a Lee Konitz, de Wayne Shorter a Jim Hall, en sus principales templos (Village Vanguard) y festivales (Montreux). Este virtuoso pianista muere a la temprana edad de 36 años y enterrado en el cementerio Père Lachaise de París junto a la tumba de Chopin.









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